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Mujica está de moda


No tengo absolutamente nada contra Pepe Mujica. Es un señor bonachón que ha sabido cautivar con su discurso a la gente. 

Me atrevo a decir que estoy muy de acuerdo con todo lo que plantea. ¿Cómo no? Si el hombre respeta la laicidad, combatió el narco legalizando a maría, apoya los LGBT… y hasta ateo es.

Pues independientemente de lo que se le pueda criticar a la hora de administrar los destinos de su país, en líneas generales Mujica es (o aparenta ser) el ser humano al que todos deberíamos aspirar convertirnos en el ocaso de nuestra vida.

No puedo negar, sin embargo, que no me gustan los mesías. No me gustan los gurús ni los iluminados. 

No me gustan los iluminados ni los mesías porque terminan siendo objeto de culto y, aunque no sea la intención de ellos, la miel de la aceptación popular suele desnaturalizar al ser humano.

Yolanda Martínez dijo el otro día, y con razón, que si bien Trujillo era malo, al loco frenético lo crearon los lambones.

Y sí. Hoy vi lambones… muchos lambones.

Vi a gente de todo tipo alabando al hombre. Gente aupando a un señor que tiene un discurso que se puede ubicar en las antípodas del actuar de todos esos que fueron a verle. 

Vi a gente protestando por ver a aquel hombre de cerca. Vi a otros orgullosos posando con él en la cámara. 

Vi a políticos que han hecho (y harán siempre) todo lo contrario de lo que propone el abuelito uruguayo cuyas ideas tan bien me caen, pero van a tirarse la foto con el líder porque eso siempre es un plus en esta finca.

Todo lo que Mujica ha dicho o podrá decir está en las innumerables entrevistas y clips de video en la red. No hay que hacer una huelga o protestar para entrar a un lugar atestado para tocar el manto del santo. Si lo que quieren es poner sus ideas en práctica, empiecen ahora, sin espectáculos. 

Porque el 90% de los asistentes a sus actividades fueron a “frontear”. Igualito a aquellos que se matan y empujan (vistos con estos ojos) para tirarse una foto con el líder de turno del partido (eso llena el currículo, al parecer).

Mujica está de moda, señores. No sus ideas, sino su figura. Una muestra más de la hipocresía y el caciquismo endémico de la gente en este paisito.

P.S.: Como conozco la mezquindad criolla, les aviso que no quise asistir, ni a la UASD ni a la UNPHU, no porque que no me invitaran… sino por lo antes expresado.

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La obscenidad de la sed.

Estaba yo, como todos los días, escuchando el programa El Sol de la Mañana y, en medio de las conversaciones sobre el aumento de salario de RD$70,000.00 de los senadores, se contacta con cabina la senadora por la provincia Dajabón, la tristemente célebre Sonia Mateo.

Recordé al escucharla la vez que dijo con vehemencia que “ni muerta acepta modificar la Constitución para permitir la reelección presidencial” y menos de un mes después cambió el discurso luego de que le aseguraran su puesto en el senado.

Pensé que diría una barrabasada, pero su declaración superó con creces mis expectativas.

La ilustre justificó el aumento salarial a los senadores porque, a su entender, “a veces no tiene para una botella de agua”.

Con estupor la escuché decirle a los panelistas: “¿Usted cree que es justo yo andar en Santo Domingo y no tener una botella de agua aquí en mi vehículo para tomar agua?”.´

¡Que maldita sed!, pensé.

Es que con RD$250,000.00, que es el salario base (sin el famoso aumento) de un senador, se pueden comprar 16,666 botellas de agua común y corriente, o 2,232 botellas de agua Perrier de 750ml.

¿De qué se queja la senadora? Al parecer necesita aumentar más su salario para poder incluir la toma del preciado líquido en su presupuesto.

En mi mente calculé y me di cuenta que lo peor no es la falta de organización de la senadora a la hora de abastecerse de agua, sino que es algo más grave y profundo.

El problema que veo radica en que con esos RD$70,000.00 que se aumentaron los congresistas, multiplicado por los 32 senadores que tenemos y luego por los 4 años de gestión (incluyendo doble sueldos), tenemos un total de RD$125,440,000.00, léase: CIENTO VEINTICINCO MILLONES CUATROCIENTOS CUARENTA MIL PESOS.

Entonces me empecé a preguntar: ¿cuántas butacas representa este monto? ¿Cuántas camillas, máquinas de hemodiálisis o insumos médicos? ¿Cuántas operaciones de emergencia se realizarían? ¿Cuántos limpiabotas sacaríamos de la calle?

¡Tantos cuántos sin resolver en nuestra sociedad que opera con tantos déficits!

¡Pero nada! Quizás con esta ola de calor, sea más importante para el futuro de la nación, satisfacer la sed obscena de la Ilustrísima senadora de Dajabón.

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  1. La imagen publicada es propiedad del equipo de  KeDifícil.
  2. Si quieres aportar para que la Senadora Mateo pueda comprar su agua, dona aquí:
    https://www.gofundme.com/2mrmwfg

 

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“Si lo puedes soñar, lo puedes hacer”

No entiendo la necesidad casi patológica que tienen algunos de mostrar siempre lo mejor de si mismos.

pan-con-salamiSomos humanos, parte importante de ello es admitir que las cosas van mal. Todos tenemos derecho a decir que nos está llevando el diablo en un momento determinado o que odiamos a alguien o a algo. La vida es perra a veces y no hay nada de malo en aceptarlo.

Dar siempre la cara positiva a todas las cosas no me parece algo saludable. Hoy, una compañera en un taller dijo: “Si lo puedes soñar, lo puedes hacer”. Para mí fue una frase cursi más. Es obvio que no todo lo que soñamos lo podemos realizar. Sin embargo, el resto del curso asintió de manera hipnótica. Se imaginarán que el esfuerzo que hice para no salir con una de las mías fue gigantesco.

Amiga: Me he soñado infinidad de veces siendo el protagonista de una aventura mágica. A veces sueño despierto imaginándome situaciones imposibles. Muchas veces paso largos ratos imaginándome escenas hipotéticas del tipo “¡Hey Eduardo!, mira… te donamos 10 millones de dólares sin motivo aparente”, todo esto sin albergar la más mínima esperanza en que sucederá alguna vez en esta vida.

¿Que tal aquellas personas que sueñan cosas más posibles sin resultado? Personas que se fajan y ponen todo su empeño en algo y la vida, siendo perra como tantas veces ha sabido serlo, les escupe en la cara y nunca consiguen nada.

Las redes sociales potencian este comportamiento. Siempre nos mostramos felices y nos desvelamos por llevar el celular a cada evento que vamos (a veces lo importante es tener la foto de que estuvimos ahí, sin realmente disfrutar que estamos).

Siempre fotografiamos las cosas buenas y exóticas que comemos. Los platos finos que preparamos o que compramos con nuestro dinero (o el de otro), para resaltar casi frenéticamente nuestra bonanza circunstancial.

No le tengamos pánico a los malos momentos. Son parte real e inseparable de nuestras vidas. Debemos sentirnos libres de admitir que no somos perfectos, que no somos siempre felices

Seamos libres de fotografiar el pan con salami cuando hay olla.

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Infierno

No compartiré la imagen de los “niños” que violaron y asesinaron a la bebita de cinco años. No leeré la noticia completa ni me enteraré de los detalles. Estoy harto.

Estoy cansado ya de no poderme sorprender del grado de maldad al que hemos llegado. No sé si echarme, echarte, echarle o echarnos la culpa de este torbellino de violencia sin medidas, sin sentido. 

Cebarse sobre otra vida, satisfacer deseos sobre el cuerpo de otro, tomar a otro como si se tratara de un objeto, pensé que eran cosas de adultos enfermos… no de niños.

Una sociedad en la que hay niños que se comporten como los peores adultos debe revisarse profundamente. La inocencia perdida o arrebatada… ¡¿qué más da ya?!

No sé. Pero ya tocamos fondo. Esto es el infierno.

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Derechos humanos del delincuente

Soy un acérrimo defensor de los derechos humanos. En un Estado de derecho, estos principios nos garantizan la vida y un sinnúmero de cosas sin las cuales nuestra existencia sería penosa:

Son el derecho a la vida, a la libertad personal, a la libre expresión y cultos, al trabajo, a la alimentación y vivienda; el derecho a ser procesado debidamente por la ley, etc.

Pero hay realidades que sobrepasan por mucho la teoría. No es posible que se le garantice con tanto empeño el “derecho humano” a alguien que sale de su casa a agarrar a otro humano y reventarlo a tiros por robarle un celular o cualquier pendejada.

Si, ya se que la sociedad, la familia y el estado tienen muchísima culpa al no crear las condiciones de vida óptimas para que los individuos coexistan en un ambiente sano donde no se vean “en necesidad” de delinquir. Pero también es cierto que la decisión última de delinquir es personal.

Son millones las personas de escasos recursos que se ven presionados por la necesidad, pero la inmensa mayoría no toma la decisión de salir a desgraciar otra alma.

Lo que pasa en RD no es cuestión de que la gente roba para comer por un caso entendible de necesidad extrema. Sino que acá se mata, se roba y se trafica como medio de vida, matándose en el proceso a gente inocente como si de hormigas se tratara.

En ese escenario, no concibo la ñoñería de algunos grupos “defensores” de los derechos humanos en mi país cuando las víctimas repelen la agresión.

Ojo: entiendo que un delincuente “sometido a la obediencia” tiene derecho a preservar su vida. Sin embargo, el que en una persecución dispara contra la policía (corrupta y todo) no puede esperar flores y bombones.

La ley es otra que suele ser hipergarantista con el delincuente, pero esa es otra historia.

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Un mensaje a Luis Abinader

Siendo la madrugada luego de las elecciones de mayo del 2016, me animo a escribirte esperando que alguien te haga llegar estas líneas:

Luis, eres una excelente persona y has logrado algo impensable: Creaste un partido nuevo con trozos de otro, y en un año, más o menos, concentraste alrededor del 35% del electorado, con una maquinaria potentísima en contra y sin el beneficio de los cheles de la Junta Central Electoral.

Podremos estar en desacuerdo con seiscientas cosas. Cometiste mil errores en tu campaña, desaprovechaste oportunidades para crecer, hiciste alianzas descabelladas, destruiste alianzas coherentes, prometiste cosas sin sentido y no dejaste de ser más de lo mismo, pero ese logro tengo que reconocértelo. Mezquino el que no lo haga.

Ahora, con los resultados electorales en tu contra, te recomiendo que aceptes tu derrota, que descanses unos días y que te prepares a librar la batalla más grande que jamás librarás: La batalla por el control del PRM.

Si, estimado Luis, ahora te toca lidiar con el monstruo llamado PPH que te viene encima. Un monstruo que te culpará inmisericordemente de la derrota que te han propinado. Un monstruo que dividió el PRD en dos ocasiones y está esperando para, o apropiarse del PRM que has construido o dividirlo también.

Párate firme y defiende la labor que has realizado. Es tuya la oportunidad de coordinar los legisladores y alcaldes que tu partido ha sacado. Haz, a partir de hoy, una oposición constructiva que enriquezca el debate político. Asume posiciones de principios y defiéndelas. Eso hace falta.

Mis mejores deseos.

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La mancha indeleble

Autor:  Juan Bosch.-

juanbosch

Juan Emilio Bosch y Gaviño  (Dibujo de Harold Priego)

Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas, y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado, pues las cabezas se conservaban en forma admirable, casi como si estuvieran vivas, aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar, yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia.

 

La situación era en verdad aterradora. Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás, del otro lado de la puerta, y la que iba a iniciar en ese momento. Físicamente, la distancia sería de tres metros, tal vez de cuatro.

Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui y lo que sería no podía medirse en términos humanos.

-Entregue su cabeza -dijo una voz suave.

-¿La mía? -pregunté, con tanto miedo que a duras penas me oía a mí mismo.

-Claro -¿Cuál va a ser?

A pesar de que no era autoritaria, la voz llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes, que se cubrían con lujosos tapices. Yo no podía saber de dónde salía. Tenía la impresión de que todo lo que veía estaba hablando a un tiempo: el piso de mármol negro y blanco, la alfombra roja que iba de la escalinata a la gran mesa del recibidor, y la alfombra similar que cruzaba a todo lo largo por el centro; las grandes columnas de mayólica, las cornisas de cubos dorados, las dos enormes lámparas colgantes de cristal de Bohemia. Sólo sabía a ciencia cierta que ninguna de las innumerables cabezas de las vitrinas había emitido el menor sonido.

Tal vez con el deseo inconsciente de ganar tiempo, pregunté.

-¿Y cómo me la quito?

-Sujétela fuertemente con las dos manos, apoyando los pulgares en las curvas de la quijada; tire hacia arriba y verá con qué facilidad sale. Colóquela después sobre la mesa.

Si se hubiera tratado de una pesadilla me habría explicado la orden y mi situación. Pero no era una pesadilla. Eso estaba sucediéndome en pleno estado de lucidez, mientras me hallaba de pie y solitario en medio de un lujoso salón. No se veía una silla, y como temblaba de arriba abajo debido al frío mortal que se había desatado en mis venas, necesitaba sentarme o agarrarme de algo. Al fin apoyé las dos manos en la mesa.

-¿No ha oído o no ha comprendido? -dijo la voz.

Ya dije que la voz no era autoritaria sino suave. Tal vez por eso me parecía tan terrible. Resulta aterrador oír la orden de quitarse la cabeza dicha con tono normal, más bien tranquilo. Estaba seguro de que el dueño de esa voz había repetido la orden tantas veces que ya no le daba la menor importancia a lo que decía.

Al fin logré hablar.

-Sí, he oído y he comprendido -dije-. Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. Deme algún tiempo para pensarlo. Comprenda que ella está llena de mis ideas, de mis recuerdos. Es el resumen de mi propia vida. Además, si me quedo sin ella, ¿con qué voy a pensar?

La parrafada no me salió de golpe. Me ahogaba. Dos veces tuve que parar para tomar aire. Callé, y me pareció que la voz emitía un ligero gruñido, como de risa burlona.

-Aquí no tiene que pensar. Pensaremos por usted. En cuanto a sus recuerdos, no va a necesitarlos más: va a empezar una nueva vida.

-¿Vida sin relación conmigo mismo, si mis ideas, sin emociones propias? -pregunté.

Instintivamente miré hacia la puerta por donde había entrado. Estaba cerrada. Volví los ojos a los dos extremos del gran salón. Había también puertas en esos extremos, pero ninguna estaba abierta.

El espacio era largo y de techo alto, lo cual me hizo sentirme tan desamparado como un niño perdido en una gran ciudad. No había la menor señal de vida. Sólo yo me hallaba en ese salón imponente.

Peor aún: estábamos la voz y yo. Pero la voz no era humana, no podía relacionarse con un ser de carne y hueso. Me hallaba bajo la impresión de que miles de ojos malignos, también sin vida, estaban mirándome desde las paredes, y de que millones de seres minúsculos e invisibles acechaban mi pensamiento.

-Por favor, no nos haga perder tiempo, que hay otros en turno -dijo la voz.

No es fácil explicar lo que esas palabras significaron para mí. Sentí que alguien iba a entrar, que ya no estaría más tiempo solo, y volví la cara hacia la puerta. No me había equivocado; una mano sujetaba el borde de la gran hoja de madera brillante y la empujaba hacia adentro, y un pie se posaba en el umbral. Por la abertura de la puerta se advertía que afuera había poca luz. Sin duda era la hora indecisa entre el día que muere y la que todavía no ha cerrado.

En medio de mi terror actué como un autómata. Me lancé impetuosamente hacia la puerta, empujé al que entraba y salté a la calle. Me di cuenta de que alguna gente se alarmó al verme correr; tal vez pensaron que había robado o había sido sorprendido en el momento de robar. Comprendía que llevaba el rostro pálido y los ojos desorbitados, y de haber habido por allí un policía, me hubiera perseguido. De todas maneras, no me importaba. Mi necesidad de huir era imperiosa, y huía como loco.

Durante una semana no me atreví a salir de casa. Oía día y noche la voz y veía en todas partes los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo. Pero en la octava noche, aliviado de mi miedo, me arriesgué a ir a la esquina, a un cafetucho de mala muerte, visitado siempre por gente extraña. Al lado de la mesa que ocupé había otra vacía. A poco, dos hombres se sentaron en ella. Uno tenía los ojos sombríos; me miró con intensidad y luego dijo al otro:

-Ese fue el que huyó después que estaba…

Yo tomaba en ese momento una taza de café. Me temblaron las manos con tanta violencia que un poco de la bebida se me derramó en la camisa.

Mi mal es que no tengo otra camisa ni manera de adquirir una nueva. Mientras me esfuerzo en hacer desaparecer la mancha oigo sin cesar las últimas palabras del hombre de los ojos sombríos:

-Después que ya estaba inscrito.

El miedo me hace sudar frío. Y yo sé que no podré librarme de este miedo; que lo sentiré ante cualquier desconocido. Pues en verdad ignoro si los dos hombres eran miembros o eran enemigos del Partido.

Ahora estoy en casa, tratando de lavar la camisa. Para el caso, he usado jabón, cepillo y un producto químico especial que hallé en el baño. La mancha no se va. Está ahí, indeleble. Al contrario, me parece que a cada esfuerzo por borrarla se destaca más.

FIN

 

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