Archivo mensual: mayo 2016

Un mensaje a Luis Abinader

Siendo la madrugada luego de las elecciones de mayo del 2016, me animo a escribirte esperando que alguien te haga llegar estas líneas:

Luis, eres una excelente persona y has logrado algo impensable: Creaste un partido nuevo con trozos de otro, y en un año, más o menos, concentraste alrededor del 35% del electorado, con una maquinaria potentísima en contra y sin el beneficio de los cheles de la Junta Central Electoral.

Podremos estar en desacuerdo con seiscientas cosas. Cometiste mil errores en tu campaña, desaprovechaste oportunidades para crecer, hiciste alianzas descabelladas, destruiste alianzas coherentes, prometiste cosas sin sentido y no dejaste de ser más de lo mismo, pero ese logro tengo que reconocértelo. Mezquino el que no lo haga.

Ahora, con los resultados electorales en tu contra, te recomiendo que aceptes tu derrota, que descanses unos días y que te prepares a librar la batalla más grande que jamás librarás: La batalla por el control del PRM.

Si, estimado Luis, ahora te toca lidiar con el monstruo llamado PPH que te viene encima. Un monstruo que te culpará inmisericordemente de la derrota que te han propinado. Un monstruo que dividió el PRD en dos ocasiones y está esperando para, o apropiarse del PRM que has construido o dividirlo también.

Párate firme y defiende la labor que has realizado. Es tuya la oportunidad de coordinar los legisladores y alcaldes que tu partido ha sacado. Haz, a partir de hoy, una oposición constructiva que enriquezca el debate político. Asume posiciones de principios y defiéndelas. Eso hace falta.

Mis mejores deseos.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized

La mancha indeleble

Autor:  Juan Bosch.-

juanbosch

Juan Emilio Bosch y Gaviño  (Dibujo de Harold Priego)

Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas, y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado, pues las cabezas se conservaban en forma admirable, casi como si estuvieran vivas, aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar, yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia.

 

La situación era en verdad aterradora. Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás, del otro lado de la puerta, y la que iba a iniciar en ese momento. Físicamente, la distancia sería de tres metros, tal vez de cuatro.

Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui y lo que sería no podía medirse en términos humanos.

-Entregue su cabeza -dijo una voz suave.

-¿La mía? -pregunté, con tanto miedo que a duras penas me oía a mí mismo.

-Claro -¿Cuál va a ser?

A pesar de que no era autoritaria, la voz llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes, que se cubrían con lujosos tapices. Yo no podía saber de dónde salía. Tenía la impresión de que todo lo que veía estaba hablando a un tiempo: el piso de mármol negro y blanco, la alfombra roja que iba de la escalinata a la gran mesa del recibidor, y la alfombra similar que cruzaba a todo lo largo por el centro; las grandes columnas de mayólica, las cornisas de cubos dorados, las dos enormes lámparas colgantes de cristal de Bohemia. Sólo sabía a ciencia cierta que ninguna de las innumerables cabezas de las vitrinas había emitido el menor sonido.

Tal vez con el deseo inconsciente de ganar tiempo, pregunté.

-¿Y cómo me la quito?

-Sujétela fuertemente con las dos manos, apoyando los pulgares en las curvas de la quijada; tire hacia arriba y verá con qué facilidad sale. Colóquela después sobre la mesa.

Si se hubiera tratado de una pesadilla me habría explicado la orden y mi situación. Pero no era una pesadilla. Eso estaba sucediéndome en pleno estado de lucidez, mientras me hallaba de pie y solitario en medio de un lujoso salón. No se veía una silla, y como temblaba de arriba abajo debido al frío mortal que se había desatado en mis venas, necesitaba sentarme o agarrarme de algo. Al fin apoyé las dos manos en la mesa.

-¿No ha oído o no ha comprendido? -dijo la voz.

Ya dije que la voz no era autoritaria sino suave. Tal vez por eso me parecía tan terrible. Resulta aterrador oír la orden de quitarse la cabeza dicha con tono normal, más bien tranquilo. Estaba seguro de que el dueño de esa voz había repetido la orden tantas veces que ya no le daba la menor importancia a lo que decía.

Al fin logré hablar.

-Sí, he oído y he comprendido -dije-. Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. Deme algún tiempo para pensarlo. Comprenda que ella está llena de mis ideas, de mis recuerdos. Es el resumen de mi propia vida. Además, si me quedo sin ella, ¿con qué voy a pensar?

La parrafada no me salió de golpe. Me ahogaba. Dos veces tuve que parar para tomar aire. Callé, y me pareció que la voz emitía un ligero gruñido, como de risa burlona.

-Aquí no tiene que pensar. Pensaremos por usted. En cuanto a sus recuerdos, no va a necesitarlos más: va a empezar una nueva vida.

-¿Vida sin relación conmigo mismo, si mis ideas, sin emociones propias? -pregunté.

Instintivamente miré hacia la puerta por donde había entrado. Estaba cerrada. Volví los ojos a los dos extremos del gran salón. Había también puertas en esos extremos, pero ninguna estaba abierta.

El espacio era largo y de techo alto, lo cual me hizo sentirme tan desamparado como un niño perdido en una gran ciudad. No había la menor señal de vida. Sólo yo me hallaba en ese salón imponente.

Peor aún: estábamos la voz y yo. Pero la voz no era humana, no podía relacionarse con un ser de carne y hueso. Me hallaba bajo la impresión de que miles de ojos malignos, también sin vida, estaban mirándome desde las paredes, y de que millones de seres minúsculos e invisibles acechaban mi pensamiento.

-Por favor, no nos haga perder tiempo, que hay otros en turno -dijo la voz.

No es fácil explicar lo que esas palabras significaron para mí. Sentí que alguien iba a entrar, que ya no estaría más tiempo solo, y volví la cara hacia la puerta. No me había equivocado; una mano sujetaba el borde de la gran hoja de madera brillante y la empujaba hacia adentro, y un pie se posaba en el umbral. Por la abertura de la puerta se advertía que afuera había poca luz. Sin duda era la hora indecisa entre el día que muere y la que todavía no ha cerrado.

En medio de mi terror actué como un autómata. Me lancé impetuosamente hacia la puerta, empujé al que entraba y salté a la calle. Me di cuenta de que alguna gente se alarmó al verme correr; tal vez pensaron que había robado o había sido sorprendido en el momento de robar. Comprendía que llevaba el rostro pálido y los ojos desorbitados, y de haber habido por allí un policía, me hubiera perseguido. De todas maneras, no me importaba. Mi necesidad de huir era imperiosa, y huía como loco.

Durante una semana no me atreví a salir de casa. Oía día y noche la voz y veía en todas partes los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo. Pero en la octava noche, aliviado de mi miedo, me arriesgué a ir a la esquina, a un cafetucho de mala muerte, visitado siempre por gente extraña. Al lado de la mesa que ocupé había otra vacía. A poco, dos hombres se sentaron en ella. Uno tenía los ojos sombríos; me miró con intensidad y luego dijo al otro:

-Ese fue el que huyó después que estaba…

Yo tomaba en ese momento una taza de café. Me temblaron las manos con tanta violencia que un poco de la bebida se me derramó en la camisa.

Mi mal es que no tengo otra camisa ni manera de adquirir una nueva. Mientras me esfuerzo en hacer desaparecer la mancha oigo sin cesar las últimas palabras del hombre de los ojos sombríos:

-Después que ya estaba inscrito.

El miedo me hace sudar frío. Y yo sé que no podré librarme de este miedo; que lo sentiré ante cualquier desconocido. Pues en verdad ignoro si los dos hombres eran miembros o eran enemigos del Partido.

Ahora estoy en casa, tratando de lavar la camisa. Para el caso, he usado jabón, cepillo y un producto químico especial que hallé en el baño. La mancha no se va. Está ahí, indeleble. Al contrario, me parece que a cada esfuerzo por borrarla se destaca más.

FIN

 

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized

A propósito de Soraya, Wessin y Pelegrin

En una República la fe debe mantenerse alejada del ejercicio de la función política. La religión es algo privado que usted lo lleva si quiere, puede o le da la gana. Yo tengo derecho a ser católico, evangélico musulmán o ateo y si soy funcionario no es mi religión lo que debe regir mi actuar. Debo ser honesto y hacer lo que debo hacer en beneficio de todos, no sólo de los que comparten mi fe.

Los cristianos se han tirado a la política para hacer lo que históricamente siempre se hace cuando un líder religioso asume el poder: Crear un estado policial donde desobedecer al líder es un pecado, beneficiar económicamente al grupo religioso del lider y excluir a otros grupos y encarcelar, torturar y matar en nombre de dios (quien habla por boca del líder y no se equivoca) a quien sea diferente.

Lo menos que necesita este país es a líderes cristianos en la política. Necesitamos ciudadanos decentes y prestos a ayudar a todos sin importar si son cristianos, ateos, gays, heteros, negros, blancos, hombres o mujeres.

O al menos eso espero yo.

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized